Venía ella oronda con los años que habían sido tantos
y ya peinaba canas hace qué ratos, por sus cabellos largos. Era la gran señora, pero
toditos en nuestra vecindad la conocían como “La doña de los zapatitos blancos”. Era la vecina más extraña donde
yo vivía pero otros vecinos, chismeaban de ella porque a más de uno y a otros
más, les hizo muchos días de infelicidad.
Yo pensaba que era una dulce y pobre viejecita, quizás
una frágil cascarita de risas y achaques pero estaba equivocado, tenía el alma
negra y la lengua larga. Sin embargo, hoy vivía con un tal Barrabás. Muchos, le
tenían miedo al infame más yo no tenía ningún temor porque ya mucho antes, me había enfrentado al atorrante.
Él también era el responsable por ser el defensor de las causas injustas de su
díscola mujer y de sus ataques…
En una ocasión, tuve un raro sueño. Vi entre las brumas de
mi experiencia, que nos visitaba la muerte. Ella recorrió y visitó mi barrio entero como si fuera su morada. Iba de
casa en casa buscando a quién llevar con su guadaña lista y bien afilada. ¿Cuál sería su decisión? Era un misterio
vivir estos momentos no imaginando qué habría de suceder. Pero también pude ver
que todos los que estaban allí, fueron consternados ese día por su sorpresiva
presencia. Yo extrañamente me miraba en el sueño, sereno, pues tampoco me
consideraba ser un vigía de sus propios entuertos…
Más cuando yo desperté a la mañana siguiente, me di cuenta que si era verdad lo que había soñado aquella
noche. Sorprendido, encontré un funeral muy fino y arreglado situado en la casa
fea que todos conocíamos muy bien. Con razón el desorden, la desazón y aun el
miedo por la tarde sombría, próxima seguramente para llover copiosamente. Más pocos irían a su velatorio, la señora no
tendría familia según decían algunos y solamente fueron los curiosos que los
charlatanes de siempre…
Se escuchaba un barullo confuso y algunos ayes
destemplados. Algunas mujeres iban con la mantilla negra y una vela en la mano
¡Qué patético! Había también arreglo de flores bien perfumados a la entrada de
la casa y los grandes recuerdos de las florerías cercanas…
¿Pero quién era, digan quién fue el que partió?
Pregunté algo confundido pero malicioso entre los presentes. Nadie contestaba, solo se escuchaba toda clase de murmullos. Todos afirmaban conocerla pero yo tenía mis dudas, hasta algunos
decían que la doña tenía una hija, quizá una hermana pero…
¡Murió la vieja y desconsolada, la doña de los zapatitos blancos!
Gritó sin tanta demora pero triste y lloroso. Era el dizque mal vecino, el conocido ensortijado de cabellos y el renombrado de nuestro bario: El famoso Barrabás...
Roque Puell López Lavalle
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