Esa mañana, el mar estaba inquieto y juguetón, sus
idas y venidas denotaban su vigor y alegría. No era para menos, tenía un día
espléndido para disfrutar. De pronto, una rosa apareció frente a él. Ni la llovizna, la brisa
o el sol se dieron por enterados. Los crustáceos de la orilla, las gaviotas y las
garzas estaban asustadas y todos a una empezaron a preocuparse haciéndose miles
de preguntas, pero no hallaron una respuesta. No obstante, había la sospecha que
algunos rosales silvestres se habían enredado en los acantilados y habrían sido
arrancados de raíz por los fuertes vientos del sur. Era muy extraño.
Pero el mar no se inmutó, más bien, haciendo gala de
su majestad y gentileza, sorprendido por la belleza de la flor, le dio una
bienvenida cálida y amigable. La rosa respondió agradecida, tímida por las
atenciones y muda porque no estaba acostumbrada a tal recibimiento. Todos
vieron boquiabiertos estas deferencias de un rey hacia una frágil flor que no
conocía la grandeza de su anfitrión ni la fortaleza de su color azul verdoso.
Los testigos de la caleta nunca pudieron comprender aquello y dados los comentarios, estos no dejaron de cesar. No era posible que una rosa pudiera ser de tal
influencia para el mar soberano y el resto de sus habitantes. Los rosales
mencionados anteriormente, no se atrevieron a intervenir y se hicieron de la vista gorda
ocupándose solamente de ellos.
Con el tiempo, la rosa se hizo mar y el mar se hizo
rosa, la fuerza con el amor se hicieron un solo corazón. Ellos se amaban y
compartían momentos inolvidables, la fragilidad se convirtió en sentimientos y
el mar se mostró complacido. Todo ello marcó el cántico de sus noches
estrelladas, soñaban viviendo el mágico mundo de un tiempo sin retorno que se
perdía en el oscuro cielo y en el silencio del horizonte.
Pero no obstante, en una época que no esperaban, las
tormentas, hicieron peligrar su amor. La lluvia inminente y sin ninguna
misericordia, le daba de latigazos a la rosa quien vivió muy acongojada, sin
una luz que la guiara. El mar la protegía pero él también sufrió los fuertes
vientos y relámpagos. Se dijo que ahora estaba embravecido, deprimido, furioso
y las circunstancias adversas dieron paso a las tristezas, las iras y los
temores. El inclemente tiempo azotó con furia la costa porque toda ella había
cambiado. Todos estaban guarecidos y sólo se podía escuchar el sonido de las
olas golpeando contra la orilla. La fuerte espuma retrocedía arrastrando todo a
su paso y todos sufrían el asedio del trueno.
Pasaron muchos días y la tormenta iba amainando, poco
a poco dejó de llover y un tímido sol parecía asomarse por el horizonte para
luego ser las nubes que se abrían paso para mostrarlo radiante. Las aves
empezaban a retornar, la vida marina comenzaba a vivir un nuevo día y la
pesadilla estaba terminando. Todos divisaron con no muy poca curiosidad que en
un rincón de las elevaciones habían nacido misteriosamente muchas rosas.
Algunas estaban en botón todavía, pero otras con sus pétalos enormes de rojo
oscuro, ya se veían muy frescas por el gran aguacero que recibieron. Ahora
ellas se encargaron de esparcir las fragancias que la ventisca llevaba por
doquier por toda la playa. ¿Cómo pudo ser eso? Nadie realmente lo sabía…
El mar ahora se había calmado pero se encontraba muy
triste, continuaba sus esfuerzos por recobrar lo que penosamente según él,
había perdido. Pensó que su rosa había muerto en la tormenta pues no sabía
tampoco dónde estaba y tanto era su pensamiento en ella, que comenzó a
extrañarla sin mesura. Sus sentimientos empezaron a aflorar y su corazón
comenzó a recordar que muy poco tiempo atrás, él vivía feliz. Le dijeron todos
que la flor estaba bajo unas piedras del boquerón a unos pocos kilómetros de
allí. Presuroso entonces, fue hacia donde supuestamente ella se encontraba.
La llamó con dulzura, con temor y con pocas esperanzas
porque las horas transcurrían pareciendo infructuoso el rescate. En eso, en la
creciente angustia del mar, salió de entre las piedras la rosa asomando sus
pétalos maltratados. Lánguida y nerviosa, sonrió sorprendida al mar que no lo
terminaba de creer. Una lágrima brotó del gigante, otras más de la flor y
emocionados, se unieron en un cálido abrazo.
No pasaron muchos días y recuperaron el tiempo
perdido, comenzaron las alegrías, el romance y los juegos, el amor había
renacido entre ambos. Se fueron los temores y habían cesado las
dudas que el mal tiempo se encargó por un momento de nublar. Aprendieron el arte de la vida misma, el saber que después de un vendaval vendría
siempre la calma. Sabían que para bien o para mal, lo emprendido valdría la
pena vivir y la supervivencia no quedaría inerme ante los desafíos que se les
podría presentar. Los cambios serían necesarios, habría momentos difíciles y
las experiencias nuevas las sabrían afrontar esta vez con serenidad. Ahora, todos en la playa reían contentos de ver cómo el amor de ellos triunfó. No dejaron de estar los “sabihondos” que nunca llegaron a
comprenderlos. Tampoco se fueron los comentarios, pero para el mar y la rosa,
aquello, no les importó.
Y así vivieron muchos años, él vibrando alegre y la rosa perfumando su vida. Mudo fue el inmenso amor que se profesaban y fueron testigos, el cielo y el sol, los únicos amigos de su gran felicidad. No faltaron las tormentas, las lluvias, la marea, la brisa, como todo en la vida, sin embargo, ellos permanecieron siempre juntos, venciendo a la adversidad…
Roque Puell López Lavalle
Click: https://www.youtube.com/watch?v=wrTwPKdVwaY

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