sábado, 17 de abril de 2021

El mar y la rosa

 

Esa mañana, el mar estaba inquieto y juguetón, sus idas y venidas denotaban su vigor y alegría. No era para menos, tenía un día espléndido para disfrutar. De pronto, una rosa apareció frente a él. Ni la llovizna, la brisa o el sol se dieron por enterados. Los crustáceos de la orilla, las gaviotas y las garzas estaban asustadas y todos a una empezaron a preocuparse haciéndose miles de preguntas, pero no hallaron una respuesta. No obstante, había la sospecha que algunos rosales silvestres se habían enredado en los acantilados y habrían sido arrancados de raíz por los fuertes vientos del sur. Era muy extraño.

Pero el mar no se inmutó, más bien, haciendo gala de su majestad y gentileza, sorprendido por la belleza de la flor, le dio una bienvenida cálida y amigable. La rosa respondió agradecida, tímida por las atenciones y muda porque no estaba acostumbrada a tal recibimiento. Todos vieron boquiabiertos estas deferencias de un rey hacia una frágil flor que no conocía la grandeza de su anfitrión ni la fortaleza de su color azul verdoso. Los testigos de la caleta nunca pudieron comprender aquello y dados los comentarios, estos no dejaron de cesar. No era posible que una rosa pudiera ser de tal influencia para el mar soberano y el resto de sus habitantes. Los rosales mencionados anteriormente, no se atrevieron a intervenir y se hicieron de la vista gorda ocupándose solamente de ellos.

Con el tiempo, la rosa se hizo mar y el mar se hizo rosa, la fuerza con el amor se hicieron un solo corazón. Ellos se amaban y compartían momentos inolvidables, la fragilidad se convirtió en sentimientos y el mar se mostró complacido. Todo ello marcó el cántico de sus noches estrelladas, soñaban viviendo el mágico mundo de un tiempo sin retorno que se perdía en el oscuro cielo y en el silencio del horizonte.

Pero no obstante, en una época que no esperaban, las tormentas, hicieron peligrar su amor. La lluvia inminente y sin ninguna misericordia, le daba de latigazos a la rosa quien vivió muy acongojada, sin una luz que la guiara. El mar la protegía pero él también sufrió los fuertes vientos y relámpagos. Se dijo que ahora estaba embravecido, deprimido, furioso y las circunstancias adversas dieron paso a las tristezas, las iras y los temores. El inclemente tiempo azotó con furia la costa porque toda ella había cambiado. Todos estaban guarecidos y sólo se podía escuchar el sonido de las olas golpeando contra la orilla. La fuerte espuma retrocedía arrastrando todo a su paso y todos sufrían el asedio del trueno.

Pasaron muchos días y la tormenta iba amainando, poco a poco dejó de llover y un tímido sol parecía asomarse por el horizonte para luego ser las nubes que se abrían paso para mostrarlo radiante. Las aves empezaban a retornar, la vida marina comenzaba a vivir un nuevo día y la pesadilla estaba terminando. Todos divisaron con no muy poca curiosidad que en un rincón de las elevaciones habían nacido misteriosamente muchas rosas. Algunas estaban en botón todavía, pero otras con sus pétalos enormes de rojo oscuro, ya se veían muy frescas por el gran aguacero que recibieron. Ahora ellas se encargaron de esparcir las fragancias que la ventisca llevaba por doquier por toda la playa. ¿Cómo pudo ser eso? Nadie realmente lo sabía…

El mar ahora se había calmado pero se encontraba muy triste, continuaba sus esfuerzos por recobrar lo que penosamente según él, había perdido. Pensó que su rosa había muerto en la tormenta pues no sabía tampoco dónde estaba y tanto era su pensamiento en ella, que comenzó a extrañarla sin mesura. Sus sentimientos empezaron a aflorar y su corazón comenzó a recordar que muy poco tiempo atrás, él vivía feliz. Le dijeron todos que la flor estaba bajo unas piedras del boquerón a unos pocos kilómetros de allí. Presuroso entonces, fue hacia donde supuestamente ella se encontraba. 

La llamó con dulzura, con temor y con pocas esperanzas porque las horas transcurrían pareciendo infructuoso el rescate. En eso, en la creciente angustia del mar, salió de entre las piedras la rosa asomando sus pétalos maltratados. Lánguida y nerviosa, sonrió sorprendida al mar que no lo terminaba de creer. Una lágrima brotó del gigante, otras más de la flor y emocionados, se unieron en un cálido abrazo.

No pasaron muchos días y recuperaron el tiempo perdido, comenzaron las alegrías, el romance y los juegos, el amor había renacido entre ambos. Se fueron los temores y habían cesado las dudas que el mal tiempo se encargó por un momento de nublar. Aprendieron el arte de la vida misma, el saber que después de un vendaval vendría siempre la calma. Sabían que para bien o para mal, lo emprendido valdría la pena vivir y la supervivencia no quedaría inerme ante los desafíos que se les podría presentar. Los cambios serían necesarios, habría momentos difíciles y las experiencias nuevas las sabrían afrontar esta vez con serenidad. Ahora, todos en la playa reían contentos de ver cómo el amor de ellos triunfó. No dejaron de estar los “sabihondos” que nunca llegaron a comprenderlos. Tampoco se fueron los comentarios, pero para el mar y la rosa, aquello, no les importó.

Y así vivieron muchos años, él vibrando alegre y la rosa perfumando su vida. Mudo fue el inmenso amor que se profesaban y fueron testigos, el cielo y el sol, los únicos amigos de su gran felicidad. No faltaron las tormentas, las lluvias, la marea, la brisa, como todo en la vida, sin embargo, ellos permanecieron siempre juntos, venciendo a la adversidad…

Roque Puell López Lavalle

Click: https://www.youtube.com/watch?v=wrTwPKdVwaY

 

 


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