miércoles, 21 de abril de 2021

Malas costumbres

 

En el año de los comienzos, aquellos de los que muchas veces nosotros no recordamos, existían las viejas costumbres de los pueblos y de sus habitantes. Una de ellas me llamó la atención por la complejidad de sus personajes. Se precipitaban las garúas copiosas de los inviernos en Europa y Geseman, una comarca esplendorosavivía momentos difíciles por los conflictos sociales entre la justicia y sus modificaciones, impuestas arbitralmente por la corona.  Una mañana despejada, fría por una noche tormentosa, se vio interrumpida por el bullicio de sus pobladores sorprendidos por los guardias del castillo. Habían allanado una casa llevándose a viva fuerza a un sorprendido y asustado muchacho.

Entonces Gregorio el padre, pidió una ayuda temeraria a gritos destemplados a los pobladores amontonados allí pues la guardia del rey se llevaba a su único hijo.

¡¡Suelten a mi muchacho que él no fue el protagonista de semejante sacrilegio!! ¡¡Él no fue a la escuela, él nunca pudo saber cómo se manipula un arma de gran peligrosidad!!

Su compañera de vida le replicó:

¡¡Cómo puedes pedir clemencia para tu hijo cuando tú mismo lo iniciaste en malos caminos y ahora quieres librarlo como si tal fuera un pobre condenado!! ¿¡No es mejor que purgue dentro de la sombras y aprenda un oficio que malgastar su juventud en una inútil vida de perros!? ¡¿No basta que se refugie en un indeseable como tú que dio su vida en borracheras, en aires de una disfrazada decencia?!

Díjole entonces Gregorio:

¡¿Cómo puedes replicarme así mujer, madre deslenguada, porque cuanto más te necesitaba el imberbe, tú te ibas a llorar a tu progenitora por los maltratos de tu amante?! ¡¿No era mejor que busques un poco de mesura, un poco de atención en vez de encontrar pretextos para un inútil matrimonio!?

Y no sabían ellos, que el joven era llevado al cadalso. Vendados estaban los ojos entre la turba que no comprendía el por qué era llevado de esa manera, a su terrible final. Los padres se desgañitaban y se acusaban mutuamente. Pero ambos, nada podían hacer, la suerte estaba echada: Artemio vería en contados minutos, sus fechorías pagadas en el cadalso instalado en medio de la plaza del pueblo…

Antes de leída la sentencia, presentadas fueron las acusaciones de un testigo. Pero a éste, la conciencia no le dejaba tranquilo cayendo en contradicciones y era obvio que había una oscura intención. Surgieron entonces las dudas de los defensores porque no había pruebas válidas pero lamentable fue que era más atendida la acusación falsa que la presumible inocencia del muchacho.

Se ventilaba de esa forma, la muerte del Alcaide acaecida en la noche anterior. ¿Cómo una frágil figura de desdeñoso semblante pudo consumar semejante delito? ¿Cómo se puede reclamar justicia cuando no se ha probado la culpabilidad del acusado? ¿Cómo se puede alegar un derecho si más puede el orgullo y la mezquindad del acusador al no dar una prueba fehaciente de la veracidad de los hechos? Pero eran las épocas cuando se hablaba de dar justicia para todos, pero solo eran palabrerías sin sentido y pocas eran las esperanzas de salir bien librado de algún dictamen.

Sin más que argumentar entre las partes, se procedió a cumplir la innoble ejecución. Llevado arriba del entablado, irrumpió de repente, una voz ronca casi inteligible en el escenario. Pero fue una confesión a voz muy viva, en los últimos momentos. Fue la declaración de un testigo muy peculiar que apreció de la nada entre la multitud.

Era la intervención de Gaspar, un viejo mendigo conocido que se hizo escuchar por primera vez. La gente agolpada y melindrosa quería escuchar. Entonces, las esperanzas parecían cambiar las circunstancias del acusado, todo empezaría de nuevo pero ya era tarde para el desenlace y ya no hubo momentos de retroceder para romper las cadenas de la injusticia.

Colocado Artemio en la guillotina por el verdugo así encapuchado, le quitaron la venda de los ojos, los tambores cesaron su redoble, la cuchilla cumplió su cometido y cayó sin demora la infortunada cabeza que besó rápidamente el cesto. Quedaron los presentes horrorizados en un profundo y largo suspiro, sin darse cuenta de la tremenda equivocación a que todos se habían sumado.

Así es la humanidad, más de dos mil años no han aprendido la lección y tienen todavía esas malas costumbres. Se sigue defendiendo siempre los derechos humanos del criminal no sin antes terminar con la vida de los inocentes que injustamente son acusados.

Roque Puell López - Lavalle

Click: https://www.youtube.com/watch?v=pUZeSYsU0Uk

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