De niño había conocido a una pequeña niña de ojos grandes y oscuros, muy hermosa. Era maravilloso verla cómo se mecían sus cabellos al viento cuando corría por los senderos del parque vecino a la Urbanización donde vivíamos y su casa quedaba en las inmediaciones de la mía, cerca al parque.
Ella vivía una eterna primavera cuando éramos de esa edad, pero no siempre eran todas alegrías, en ese entonces. A veces eran momentos de felicidad y los otros momentos eran de tristeza. Con razón la encontraba compungida porque ya no la veía jugar con su vieja muñeca entre las flores del jardín afuera de su casa. No obstante, le dije a Valeria que no debería estar así, la vida era para estar feliz y no para sufrir.
Atenta y curiosa me escuchaba, pero un día no pude más al verla tan bonita y le dije muy orondo: “Cásate conmigo”, y de pronto, se echó a reír. La verdad es que no sé por qué lo hizo quedándome confundido porque yo era un niño bien parecido, muy educado, algo sucio y descuidado por los juegos, pero, también era muy varonil.
Pasaron los años de aquél incidente donde todos ya vivíamos la vida de modos diferentes. La música nueva, los bailes modernos y como toda adolescencia o juventud, estos tiempos solían ser muy contestatarios y rebeldes. Pero, allí estaba ella, ahora espigada, hermosa y con sus ojos soñadores de siempre, ávidos de conocer el mundo seguramente. Y otra vez la vida le había jugado una mala pasada, ahora las desazones y las desavenencias, habían borrado su sonrisa dándole un aire de romántica melancolía.
Yo había crecido, ya pensaba de otra manera, es más, había logrado rescatar mis anhelos y plasmar mis expectativas. Para ello había luchado sin desmayar. Al verla nuevamente, quise adherirla a mis triunfos personales porque recordé mi infancia junto a ella. Y vino a mi memoria aquél amor de niño que jamás claudicó. Entonces de sorpresa, y sin que ella lo advirtiera, me acerqué y mirándola a los ojos le dije muy seriamente “Cásate conmigo” y ella echó a reír. Otra vez, no entendí el por qué de su negativa. ¡Ya habían pasado tantos años!
Después, ¿Cuánto pasó? No lo sé. La vida me llevó por otros caminos o lugares que me llevaron a otras conquistas en el plano espiritual, profesional y humano. Ya era otro, ya me habían aflorado las canas de la sabiduría al lado de mi frente amplia y resplandeciente. Los otoños habían dejado su huella en mi persona y los inviernos me habían acostumbrado al refugio hogareño. Quizá habría renunciado a todo pero no a la primavera de mis instintos varoniles porque ellos se mantenían alertas. Además, porque siempre viví un verano en el plano afectivo a pesar de que las tormentas venideras amenazaron con arruinarlo todo. Ya tenía descendencia para que me hicieran abuelo pronto, pero la que fue mi primer amor, estaba ausente viviendo otras realidades que ya no eran de mi incumbencia.
Así las cosas, al retornar de un corto viaje, de pura casualidad supe que aquél infantil amor, había retornado a mis caminos. Sin saberlo, la magia de la nostalgia trajo para mí, hermosos recuerdos y otra vez se manifestó el espíritu del amor. ¿A mí edad? Dirían algunos, los de vejez prematura seguramente. Pienso que quizá una extraña sensación de romántico placer, me colmó en ese momento de ilusiones y de esperanza.
Entonces, llegó el momento sin haberlo pensado en volver a vernos y floreció nuevamente la amistad. Nos llamamos por teléfono y nos citamos en el cafetín alemán de la gran avenida. Seguramente nuestra antigua amistad seguiría su curso hasta el final de nuestros días que era realmente lo que me imaginaba. Habíamos vivido separados por largas jornadas pero continuábamos juntos por el recuerdo de las alegrías cuando éramos críos.
Sin tomar conciencia de ello nos hicimos los mejores, reíamos y peleamos como siempre, había una amistad que no se apagó a pesar de todo. Nos contamos de todo y hablamos de la vida de los antiguos conocidos. No obstante, la soledad, la melancolía, el extrañar de su anhelada presencia en el tedio de mis años, me llevó a preguntarle que si el firmamento diera un giro y se juntaran las estrellas para dar una sola luz, potente y hermosa ¿Qué es lo que ella haría?
Entonces Valeria se mostró pensativa y desconfiada, como dudando de la seriedad de mis palabras. No atinó a decir nada en ese momento. Entonces yo, sin mediar palabra, me atreví a sincerarme pero esta vez, en otro tono, serio y circunspecto le dije mirándole fijamente a sus ojos: “¡Cásate conmigo!”
Abrió grandemente los suyos, miró a los míos pero esta vez, no se echó a reír…
Roque Puell López Lavalle
Escucha: https://www.youtube.com/watch?v=0hGhl7ki3HM

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