¡Qué feliz estaba el tomate en la hacienda! ¡Colgado
estaba él en una rama cantando como todo un artista! No había rayo, comba ni
nada que lo entristeciera porque la vida le parecía corta por vez primera. Y
por eso el jolgorio, las risas, los parabienes y los buenos amigos.
Sin embargo, un día apareció una plaga misteriosa que
a todos sorprendió pero a los demás en la estancia, la pelona se los llevó. Más
la indigna, cortó al cantante en dos mitades dejándole solamente sus hojas y
sus tres semillas: Una de ellas lo vio y por costumbre, cumplió su papel, la
segunda le dio la bienvenida y la otra lo ignoró completamente…
Así pues corrieron las semanas y los meses quedando el
tomate muy desconcertado y quedó solo en el Hospital por los pesares que las
malas intenciones lo habían postrado. Pensativo inquirió sobre la vida y la
muerte, se preguntó el cómo es que dos se fueron sin pena ni gloria de este
mundo siendo los convidados a una cena sin final sin poder saberlo. ¡Qué
momentos!
Otros reirían nerviosos por no saber lo que podría
acontecerles o quizá lloraban por su propia irresponsabilidad. No se cuidaron
nunca, no se acogieron tampoco a ninguna de
las recomendaciones del galeno y de las enfermeras que velaban por su
propio restablecimiento. Y así Caronte, el barquero del Hades, el encargado de guiar las
sombras errantes de los difuntos, se los llevó, víctimas ellos de sus propios
fundamentos…
Y al parecer, mientras él experimentaba estas cosas,
¡Los otros tomates dizque sus amigos, ni se enteraron de su enfermedad! Casi
ninguno lo visitó, solamente fueron unos pocos que lo contemplaron verde,
oscuro y pálido. Pero a comparación de los otros que lo vieron, ellos lo gozaron bermejo y
brillante en el verano…
Entonces, Dios se acordó de él y le plació infundirle
aliento nuevamente cuando estaba casi muerto y sin color. Luego de despertar de
su mal sueño, el tomate brilló nuevamente en cuerpo y alma entendiendo así su
prometedor destino. Todo era tan diferente y lo que le pasó fue de gran
propósito para su vida porque él sabía que en poco tiempo iba a mejorar.
Después se tornó más sabio queriendo ser amable con casi todo el mundo y qué
tal raigambre de él, de vivir siempre adelante. ¡¡Qué temperamento!!
Fue en esas circunstancias que exclamó:
“No importa lo que me pasó en
ese momento, esta vez me tocó a mí. Mañana le tocará el turno a las semillas y
finalmente a la plaga que no tuvo corazón ni medida”.
Habiendo dicho eso, cerró súbitamente sus ojos y los
doctores allí reunidos pensaron que el tomate había muerto. No obstante, ¡Oh súbita sorpresa! Él los pudo abrir lentamente y pestañeando, para la emoción de todos los
que estaban presentes.
Solamente que en esta oportunidad, el cantor apareció mucho más bello y fornido…

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