Yendo por los arrabales de la vida, dejé en un muro
solitario y anónimo una margarita a medio deshojar meditando además, en voz
alta:
“Adiós
margarita, ya no podré arrancar tus hojas como yo quisiera, sea para que me des
la duda o el no de la tristeza o para que me digas con certeza si me quiere la
mujer de mis sueños… no lo sé”.
Me voy para dejar de respirar tu fragancia esparcida
en los caminos inciertos que el destino nos depara o en los remolinos de mis
ideas que van y vienen buscando una respuesta a lo incomprensible: Su ausencia.
Me iría para no volver a acordarme que en el pasado me encontré con un jardín
muy bello pero con el tiempo se convirtió en un campo desierto. Como un corazón
seco por el malhadado infortunio de un tortuoso amor llenos de reproches de
acusaciones y de reconciliaciones apasionadas y besos profundos que luego se
diluían como gotas de agua.
¿Qué recuerdos dejaré? ¿Qué
testimonio habría de mi alocado existir como aventurero? Tal vez abandonaría mi cuchillo con empuñadura de
nácar, el más afilado de hoja brillante o a lo mejor mi única mochila, la vieja
y gastada lona del viajero. Esa que te gustaba tanto y la que siempre nos
acompañó en nuestras aventuras. Sonrío ahora con tristeza al abandonarla luego
de haber recorrido con ella las verdes montañas de tu terruño y haber
descansado a su lado frente a imponentes cascadas que cubrían con un velo de
agua pura el exuberante rincón de mis anhelos.
Quizá ahora pueda juntar mis manos para orar al cielo
y luego las hundiría en la gleba formando el surco donde podría depositar la
semilla de un nuevo tiempo. Ahogaría mi lamento, olvidaría que en algún momento
fuiste todo para mí como la semilla y la tierra que estuvieron unidas por un
fin. Pero los designios del Altísimo, son inescrutables y sus sentencias
inapelables. Cantaron los juglares algunos poemas que tenían la belleza
indescriptible del Cantar de los Cantares, donde almas rendidas de amor
cruzaban sus vidas hacia un destino triste e incierto y de esta manera, ¿Quién
podría así enamorarse?
Como los elfos cantan en los bosques al son del pífano
del dios Pan, algunos dicen haberlos escuchado por los caminos cerca de la
hacienda solariega bajo los pámpanos del viejo árbol centenario. Quizá estarían
vibrando entre los arroyos o sorprendiendo en las quebradas de agua cristalina
tal como fue tu amor ahora perdido pero eso ya no importa. ¡Que canten los
faunos de mi fantasía y los duendes risueños en mis noches sin sueño!
Las aves ya han construido su nido abrigando a sus
pichones que pronto emplumarán y surcarán los cielos cumpliendo un ciclo vital.
Mi vista se detiene en el batir de las alas de un colibrí que acerca su frágil
pico a una flor que se encuentra hambrienta de néctar. Los recuerdos me invaden
nuevamente regresando por el sendero hacia la cascada asordante y magnifica, a
las perfumadas madreselvas de nuestros paseos, al canto de los pájaros y los sonidos
de la fronda que eran la música de fondo de nuestro amor. Te preguntaría
entonces, ¿Lo recuerdas?
Pero también se encontraban esas bellas enredaderas
que destilaban admiración a nuestros ojos. Sin embargo ¿No lo supiste? Ellas ya
no existen más porque se secaron bajo el sol del infortunio. El mismo que nos
alcanzó y consumió nuestra unión. Solo queda la leyenda de un abeto inmenso y
de una bella rosa ¡Quién lo creyera! Ella que miró al gigante y él amoroso, la
abrazó pero ellos tristemente dice la historia, se quedaron sin amor…

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