lunes, 19 de abril de 2021

El romance de Don Ñublo

 

No se conocía en los relatos de la caballería medieval, en las historias de los valientes de brillante armadura, acerca de las incursiones en los viejos castillos y en las aventuras tan increíbles como las de los dragones que escupían fuego, los torneos de los atrevidos o las historias de las princesas arrancadas de los brazos de un farsante. En aquél tiempo se cumplía la prueba del amor con hechos de violencia, arriesgando la vida y el rescate de una dama por un caballero andante.

Era hidalgo su vestido, de elegante color azulado. De un temperamento ardiente, de una prestancia y de un carácter forjado en la decencia. Era también muy prolijo y de impactante figura. No era el hombre taciturno y de poco valor, porque demostró a todas luces que era hábil y nunca nadie lo había vencido. Levantó su estandarte muy orondo, dejando honor a su apellido, y venía de las batallas de su rey, de casi sufrir la muerte pero la venció con su enérgica osadía para que otros no crean que él quedó postrado en un final momento.

Salió de su comarca y muchos fueron los caminos por el grandioso bosque que venció en pos de su reconquista. Palmo a palmo, cruzando aun los pantanos, no se halló e él un espíritu de desaliento. Y a pesar de las pruebas, iba raudo a tomar a su amada al galope de su brioso y bello caballo blanco al otro lado de la difícil geografía. Nada lo detenía e iba convencido de su noble ideal y por ello blandía su espada en ocasiones para dar esperanza a todos con tal de rescatar a la mujer de sus amores.

Pero Dios no lo quiso ayudar. Después de tantas peripecias, él halló por fin a su adorada pero ella se encontraba vaga, perdida y sin reaccionar porque fue lamentable que el nombre de su caballero, ya no lo podía pronunciar. Estaba enferma, su mente estaba extraviada y hacía mucho que no reaccionaba. Entonces, sin más miramientos al encontrarla así, luego de meditar, la ofreció sin perder tiempo en sacrificio incruento para que Dios la cubra de su poderosa sanidad…

Y mientras sucedía el milagro, apeó su caballo y se fue a la mar. Desesperado, con el rostro perdido no paró de cabalgar hasta bien entrada la noche y solamente descansó rendido cuando encontró que la luna llena y brillante, ahora reinaba en la bahía. Buscaba apenado, entre la oración y entre el sudor que le corría por el rostro una respuesta clara que calmara así su interminable melancolía. Entonces, le increpó al cielo sin más miramientos: ¿Qué es lo que debo hacer ahora? ¿Qué es lo que Dios me quiere mostrar? Y solamente le respondió un silencio sepulcral…

Así, tomando una bocanada de aire, hundió el cuchillo de la resignación en su corazón y amargamente, se echó a llorar. No obstante, al día siguiente, los pescadores del lugar lo encontraron sobre sus hombros, cubierto por las aguas y casi inconsciente, pero con ánimos todavía de volar...

Roque Puell López - Lavalle

Enlace: https://www.youtube.com/watch?v=u4u_1cjfFb4

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