Ayer martes, poco después del mediodía, casi me
encontré entre los pasajeros de un largo viaje con serias dudas de poder
retornar. Me sentí mal porque los síntomas se mostraron inesperados en mi cuerpo momentos
antes y las fuerzas para mantenerme lúcido, fueron realmente inútiles.
¡Estaba descompensado!
Mi pensamiento aun deliraba en un quehacer
improductivo porque no podía realizar una operación sencilla en mi computadora
para poder sobrevivir. Intuí un trágico destino si no se encontraba pronto la ayuda
y de seguir así, casi sin sentido de la realidad circundante, sería fatal. Pero en ese instante, nada era de mi incumbencia, se me iba
el alma pronto, si mi destino tendría que cumplirse.
Llamaron a la Ambulancia rápidamente y las enfermeras me aplicaron los primeros auxilios. Pero luego que salía del limbo, mis palabras se hicieron
inútiles queriendo gobernar mi cuerpo débil, ávido de sanidad. Las encargadas de mi salud, me reanimaron sin creer ellas en cantar victoria todavía. Yo pensaba que si Dios era misericordioso, no podría infringirme tremenda
derrota. Felizmente llegué al Hospital pero en medio de un tráfico horroroso y en una espera insuficiente.
Las frías horas de la tarde me recibieron y pensé que
nunca habría de salir. Enojado esperaba en la sala de Emergencia pero entre los médicos y las preguntas de la gente, intuía un largo tiempo de observación.
Mi presión bajó y los dolores impertinentes fueron seguidos en ese
instante por un gran malestar.
Pasaron las horas y la fiebre no bajaba, mi presión estaba baja, mi estado era incierto. Hasta que al final supe que había mejorado. Todos se preguntaron que había sucedido y yo mismo me sorprendí. Los martinicos se habían esfumado y las molestias
se habían ido para siempre. El hambre de
gloria había triunfado. Recobré la salud también con un manjar de los dioses porque no había comido nada desde la mañana. Así entonces, pude irme a mi casa deshecho en mil recomendaciones por el médico
de turno.
Hoy doy gracias a Dios por tremendo milagro. ¿Quién
soy yo para que él le interponga a la muerte mi vida como defensa? No lo sé.
Cuando estás solo en tu habitación tienes muchas dudas y te preguntas… ¿Qué pasó contigo? Quizá ahora ya no te
ves como el héroe de la película y te sientes más bien como un hombre simple
para Aquél quien peleó por ti. Entonces, me di cuenta que era el tiempo justo
de considerarlo…
Pero si uno es sincero y ves que la necedad te ha
abandonado, solo en ese momento podrías decirles a todos sin ningún temor:
“Cuando
estuve entre la niebla en un camino dispar y vi que era imposible mi regreso,
Él me dio de su misericordia para que Su poder yo pueda compartir. Pero cuando
yo pensé que en ese instante yo me iba a Su presencia sin ninguna esperanza aquí, él
me regaló de Su aliento de vida, cuando yo pude despertar”.
Roque Puell López - Lavalle

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