Era una persona de un porte presentable, sobrio, de
mediana estatura, atlético, trigueño, de barba copiosa, de calvicie expuesta,
ceño algo fruncido y de una mirada pacífica, tristona. Usaba terno gris claro y
brillante, siempre llevaba en las manos un ramo de rosas. ¡Era un romántico de antaño pero sin copa! La particularidad de
aquél, era su insistencia en caminar un largo trecho para nuevamente regresar
sobre la marcha en sentido contrario. ¡Qué
tremendo! De ahí su apelativo inocente por lo que él se mostraba, en todas
las tardes...
No hablaba ni una sola palabra y parecía estar muy
preocupado, pensativo, porque siempre quedaba parado esperando en su
imaginación a alguien. Entonces abría sus ojos expectantes con cierta alegría.
El afán de nuestra curiosidad era el por qué de su incesante caminar a una hora
determinada no importando la estación del año. Nos dimos cuenta que era su
ritual acostumbrado y no había nada que hacer al respecto, pues solo nos quedaba
observar.
Al fin nos enteramos, fue un hombre enamorado hacía
mucho tiempo. Todas las tardes se encontraba con su novia en esta parte del
camino y para la ocasión siempre él atento, le llevaba un ramo de rosas y una
caja de chocolates. Le prodigaba cariños bajo las sombra de los frondosos
árboles del parque y todos parecían ver en ellos un gran amor porque siempre se
les veía juntos asidos de la mano sin importar las horas.
Pero un día, la fatalidad que nunca avisa, no se hizo
esperar. En aquella ocasión, mucha gente estaba arremolinada en la esquina del
parque. Él extrañado, y quizá temiendo lo peor, corrió para saber lo que
ocurría. Había mucha confusión y tal fue su asombro, que encontró a su novia
tendida en la pista rodeada en un charco de sangre. Un auto la había
atropellado. Ella, agonizante, volteó inesperadamente y solo pudo mirar a su
desesperado novio y murió en sus brazos. Él se impresionó de tal manera que en
ese momento, no paró de llorar. Pero ya no era el mismo, algo pasó y su mente
se perdió quedando ligada a ella para siempre.
Por eso regresó al mismo lugar, de ahí en adelante.
Fue el novio fiel, infatigable, que nunca dejó de esperarla. Extraviado y
abrumado, llegó a la madurez de su vida asomando ya las canas que adornaban su
cabeza y su abundante barba. Nadie se inmutó por verlo siempre, ninguno se
atrevió a indagar su verdadero pesar pero fueron las palabras, la habladuría
popular y su inmenso amor que le dio los colores a esta historia.
Más tarde, me di con la sorpresa que una amiga me
contó que lo ocurrido con “Veinte pasos”, fue real. Fue un hijo de buena
familia en Miraflores. Era un hombre culto y educado. Sin embargo, la variedad
de acontecimientos, los testimonios y los sentimientos que afloraron, se
encontraron todos en una sola verdad: La mente nunca pudo separarlo a él de su
novia en la espera mutua de un encuentro feliz, quién sabe cuándo…
Roque Puell López - Lavalle

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