viernes, 21 de mayo de 2021

La pérgola

 

Los que en las sombras solamente hablan en voz baja, son los que en plena luz pueden expresar lo más sabio y en ocasiones lo más sensato de lo que podría acontecer en ese momento. Viven en un refugio de grandes penas y alegrías que en un día, no conocieron. Sin embargo, hablan de la vida, de la pasión y el embrujo de la esperanza, basada en el sueño de lo imposible, inspirados en las vidas injustas, con el fin de hacer siempre lo mismo, lo bueno, lo malo y lo inconcluso…

Entonces, las costumbres se olvidan para dar paso a las nuevas emociones, a las terribles conclusiones de una existencia sin valores. Así se extravían en la vida porque no tienen un solo camino, no tienen una esperanza en la nobleza del carácter sino en el constante cambio y no dan la oportunidad al conocimiento o a la sabiduría. Pasa con los afectos, son distintos porque se sigue el patrón de la perfección, de hacer todo con etiquetas o viejas costumbres. Son los que no tienen el valor de ser diferentes cayendo en el desgano y en la rutina, como si fueran una nube gris en medio del firmamento azul…

Tal era lo que en ese entonces, la juventud pensaba. Sin embargo, tres siluetas eran las de aquella noche. Eran André, Francisco y Georgiano, los llamados "buenos amigos" en esta aventura extraña. Figuras misteriosas se deslizaron sigilosamente sobre un antiguo lugar de esparcimiento de la gente alegre de esa época: “La Pérgola”, un bar situado en los techos del último piso de un vetusto edificio de ocho pisos en los suburbios de Miraflores, donde anteriormente la sociedad miraflorina daba rienda suelta a sus desvaríos. Era en los tiempos idos, luego de la infausta guerra donde se valoraban la belleza, el glamour y la moda de lo absurdo. Eran banalidades, compañeras inseparables del ser humano que se buscaban por las noches para dar una salida a su vida disoluta y extravagante.

Estos jóvenes muchachos en comparación con la realidad, eran diferentes pero semejantes en la osadía y desprecio por la vida porque se encontraban con un disfraz fantasmal desde la cabeza hasta los pies en una suerte de misterio. Como dije, era un antiguo edificio de ocho pisos y de casi 30 metros de altura en una de las calles de la ciudad. Todos estaban en silencio y en una sola fila, vestían con ropas viejas de color negro, un maquillaje salvaje y zapatos oscuros, acaso muy aparentes para el momento en una noche de pura adrenalina. Luego de subir hasta el último piso, tuvieron que descender de un techo inseguro hacia otro que formaba el local. Nacía así un desafío jalado de los cabellos protagonizado por motivos equivocados. El objetivo, no era nada valioso y tan solo se arriesgaban por la antigüedad de unos cristales finísimos de quién sabe dónde aparecieron. Después de todo, los tomarían de un local oscuro, mal oliente y de una humedad tóxica que pintaba este espacio tan lúgubre.

Ya en el interior, veían un tragaluz envuelto por algunos orificios que antaño habrían servido como un juego de luces al lado de un proscenio giratorio donde bailaban las grandes y bellas mujeronas del momento. Solo que ahora se convirtieron en pálidos recuerdos que llenaron la imaginación de los mozalbetes. Solo tenían entre sus manos el arma necesaria para ellos, útil para los iniciados, un simple cortador de vidrio que fungía como el arma letal para la victoria. A este "oficio", se sumaba la mucha intuición y la no poca temeridad que ellos experimentaban en una madrugada fría, por encima de los departamentos del edificio. Felizmente para ellos en ese momento, no tenían un guardián nocturno.

Gozaban juntos del peligro, de lo mordaz y de lo contradictorio. Era un tremendo riesgo en la oscuridad por las manos inexpertas y nerviosas que cortaban por vez primera unos vidrios tan complicados entremetidos en sus marcos. Pero a decir verdad, no les importaba nada en realidad, autosuficientes como eran, no se apresuraron por el tiempo. El mechero ardiente de kerosene daba cierta luz y hacía que vivieran en un ambiente sórdido con el hablar muy quedo entre ellos porque tenían a los vecinos que ahora dormían abajo de ellos.

Al fin, después de no grandes dificultades, en medio de una tensa calma terminó la osada aventura. Desprendidos los cristales, comenzó un nuevo problema ¿Cómo subirlos? Después de algunas cavilaciones, se decidió por lo imposible. Lo más probable era que levantarlos sobre los casi tres metros que los separaban del suelo, era pensar en una aparatosa caída al vacío por el tragaluz siendo cortados en pedacitos por los vidrios pero lo contrario, sería el premio al esfuerzo.

Todos se miraron las caras y se arriesgaron una vez más poniendo las fuerzas combinadas dado que eran de diferentes contexturas físicas. Esas planchas, se tuvieron que envolver con trapos viejos para luego de trepar el dintel. Luego hicieron un esfuerzo coordinado y se pudo subir al piso superior. Se logró a duras penas después de un gran susto y sea por la perseverancia o la suerte, esas láminas de vidrio no sufrieron daño ni ellos tampoco.

Después bajaron, uno en cada extremo y uno en el medio. Las hojas de vidrio iban muy bien cubiertas así que siguieron por unas escaleras de piedra pertenecientes al mismo edificio hacia los pisos subsiguientes. Después de esto, los guardaron sigilosamente en una de las casas de los protagonistas. Al amanecer, estos hermosos cristales terminaron en una vidriería para hacer cuadros a unas hermosas postales muy añejas que pronto se vendieron en las avenidas principales del distrito.

Los sobrevivientes todavía existen, son los sinvergüenzas del "yo no fui" y cuando recuerdan lo que hicieron, sonríen todavía satisfechos porque experimentaron la eterna burla al destino. Sintieron que corría por sus venas, lo que era indecente hacer porque izaron la irresponsabilidad como bandera pero terminaron en el recuerdo de una travesura irracional sin ningún problema.

Ellos menospreciaron su vida pero la ganaron otra vez y seguramente tendrían que contarlo a su descendencia. Seguramente lo relatarán como algo que pasó inadvertido, como la neblina que se va en la mañana, en una noche que pudo ser la última, hace unos cuarenta y seis años...

Roque Puell López - Lavalle

Enlace:  https://www.youtube.com/watch?v=ixbcvKCl4Jc

 

 

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