sábado, 15 de mayo de 2021

Hazaña

 

Verano de 1968, la casa de mi tía en Chorrillos, eran los tiempos inolvidables. Aquella vez amanecía sin novedad como un día cualquiera. Mis vacaciones de colegio en aquél tiempo se daban en casa durmiendo hasta tarde, viendo los dibujos de la tele, (los antiguos) y las peleas de box del canal preferido con tu prima que vivía contigo. 

Fui al parque de mis juegos pero recordé que días antes, había visto a los cadetes de la Escuela Militar bajar por los cerros circundantes a la Urbanización en ropa de campaña. Sabía también que en el Morro Solar existía también el monumento al Soldado Desconocido y todo eso me llenó de curiosidad. Y tal como vi a los cadetes, me animé a hacer lo mismo no importándome nada pues para mí, era todo un reto. Yendo entonces, por la bajada de Agua Dulce y el Malecón, llegué pronto a las faldas del Morro solar.

Opté por subir por el medio del cerro ignorando el camino más espacioso, que de todas formas no lo quise encontrar. En pocos minutos, estuve enterrado entre las muchas piedras, tierra y mucha incomodidad. Como no podía dar marcha atrás, tuve que seguir entre mis palabras profanas hasta donde había llegado mi “valiente” irresponsabilidad. Así que, entre miedos y terquedad, bañado en el terral, coroné mi hazaña trepando el pequeño muro para llegar a la explanada donde quedaba el Obelisco al Soldado Desconocido. En ese momento, no había nadie pero mi corazón latía fuertemente emocionado pues me sentía dichoso de haber cumplido mi aventura…

Se sentía un silencio sepulcral, parecía estar ahora en un camposanto que ciertamente lo era, aún con ese viento que silbaba peculiarmente. Corrí luego al Planetario, edificio viejo, cerrado, para ver la novedad del momento, pero nada comparable fue lo que estaba viviendo en esos momentos. Era una emoción indescriptible para un niño de once años como yo que vivía esa circunstancia. Pensativo de lo que sucedió allí imaginando en la cumbre, el grito de los soldados de antaño, el relincho de los caballos, el ruido de cañones y me convertí en el testigo imaginario de aquella batalla. Bajé luego de un buen rato y sin saber el tiempo ni el cómo descender, fui cuidadoso para no desembarrancar.

Pasaron muchos años de aquella vez. Regresé después con una pareja centroamericana para hablarles de nuestra historia y lo que significaba el Morro solar para nosotros los peruanos. Pero vino a mi otra vez la emoción que viví de niño y aunque no todo estaba tan cambiado, el Obelisco y el soldado fueron los mudos testigos de mi vivencia anterior. Me asombré y me di cuenta lo alto que pude subir en esa oportunidad y de no morir en el intento pero en ese tiempo, no medía las consecuencias.

Pero allí, no acaba mi historia. Para esos años, estaba casado y tenía ya a mis dos hijas gemelas. Lía la que era mayor, poco antes de tener un año, era movediza y traviesa como su hermana Elizabeth. Esa vez, encontré a Lía subiendo por las escaleras poniendo sus manitos adelante. Estaba gateando despacito y entonces, le grité preocupado, ¡¡¡Hijaaa!!! Ella, volteando, me sonrío de oreja a oreja justo terminando de subir la última grada que da al segundo piso esperando seguramente en ese momento que yo la cargara. Y fue el caso que inmediatamente vino a mi memoria mi niñez viéndome subir el morro para que luego, mi hija me dijera hoy con su risita cachacienta: 

                            ¡¡Te gané papá, veinte y ocho años antes que túúú!!

Yo no sabía qué hacer en esos momentos por la gran sorpresa que me dio mi hija. Así que mejor, hoy no lo sigo contando. Subí corriendo para tomarla entre mis brazos y alegre como estaba, me la comí a besos…

Roque Puell López - Lavalle

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Presentación

  S aludos cordiales a todos. Es un placer para mí presentarles mi nuevo libro "Antes de mañana", Una antología de la vida...  edi...