domingo, 16 de mayo de 2021

Aquél verano


“Nuevas son cada mañana”, había escuchado decir a mi madre en un día soleado y prometedor en el comienzo de la semana. Ante mí se presentaban mis grandes desafíos, mis grandes logros o tal vez iba a conquistar algo que personalmente no sabía pero la misma rutina de siempre era necesaria y tenía que cumplirse.

Vivía en un barrio interesante, un lugar de intelectuales e inmigrantes de todas partes del mundo. En la actualidad, está muy visitada y considerada por el turismo porque muestra sus playas, las avenidas, callecitas, parques y casonas, algunas del siglo XIX. Antaño se le llamó “Ciudad Heroica”, como Barranco porque aquí se vivió el heroísmo de todos sus habitantes en una guerra sangrienta frente a un invasor mejor preparado. Me refiero al distrito de Miraflores.

Pero hablaba de mi diario vivir, si, otra vez vivía el desayuno de siempre y mi madre ya me había llamado más de tres veces para que baje porque que ya se había servido. ¿Es que no entienden que hoy es un día muy importante para mí? Claro, disfrutaría por fin de mis vacaciones de fin de año y como era muy popular, mi celular no dejaba de sonar. Así que al terminar de hablar, bajé antes de que mi mamá suba con el correctivo pues mi padre no estaba en esos momentos.

Tenía una hermanita menor que era muy hábil pues por sus berrinches conseguía casi todo de mis padres. Yo era parecido a ella solo que empleaba mis tácticas para otros fines más importantes según yo. Así que lo mío, realmente era cuestión de tiempo.

Había pensado para estas vacaciones, irme a las playas del sur. El verano era caluroso pero el mar era para nosotros. Con mis amigos no parábamos de hacer planes, unos querían ir a la arena, otros las piedras, otros el ir más cerca pero nadie ponía en duda nuestras motivaciones. Tuve que convencer a mi mamá porque ella temía por mí al ser un niño inquieto pero ella no podía encerrar a un espíritu libre como el mío y menos librarme de un deporte que hacía ratos había acariciado incluso para competir.

Por fin, ya estoy listo para ir a la playa. En realidad fue un viaje muy entretenido y alegre. Fuimos con mis tres amigos y todas nuestras familias incluidas las ocurrencias de mi padre. Hasta el perro Cucki que era de nosotros, se unió a nuestras aventuras. En fin, nuestra playa fue la famosa Punta Rocas. Era de piedras amables y lisas, con una orilla increíblemente limpia y un mar cristalino. Quedaba al sur de Lima y vaya que tardamos en llegar. Lo bueno que teníamos casa muy amplia en la playa y todos estábamos contentos porque al fin nuestros sueños, realmente se hacían realidad. Mi madre nos acomodó, mi padre nos ayudó con nuestras tablas, mi hermana menor llevaba su mochila llena de muñecas y se aseguró que nadie pretendiera rebuscar sus cosas.

Hugo, Paco y Luis fueron conmigo, amigos fieles que nunca olvidaré. Éramos compañeros inseparables de estudios y de travesuras. Por rarezas del destino, a todos nos gustaba “correr tabla” o surfear, palabra mágica en este deporte. Solo escuché alguna vez decir a mi padre la original frase porque de seguro él vivió la experiencia de sus tiempos. Yo quería en el fondo, emular a papá y no quería dejar de ir para demostrárselo haciendo algunas acrobacias. ¿Qué imaginativo era verdad?

Mis amigos y yo éramos bien preparados porque siempre hacíamos deporte, éramos espigados, delgados, de tal forma que siempre gozábamos el devenir de las olas porque nos deslizábamos con un gozo indescriptible. Era todo un reto que nos hacíamos en el mar, las competencias entre nosotros no se hacían esperar, el placer de enfrentar al mar para terminar en una serie de sortear las olas que venían hacía nosotros quienes éramos cada vez más experimentados. Por eso el verano era tan importante para nosotros, nos preparábamos inconscientemente sin saber a algunos campeonatos que sabíamos parea más adelante pues la Federación organizaba estos eventos cada verano. Era imprescindible entonces, entrenar mejor cada verano, cada momento, día a día de nuestras vacaciones, esperando que nunca termine.

Después de tanto loquerío, ya extendidas nuestras toallas en la arena después de poner la generosa resina a nuestras tablas yo fui el primero ni corto ni perezoso en lanzarme a la aventura creyendo que los demás me seguirían pero me di con la desilusión que estando ya en “alta mar” ninguno me había seguido. Yo enojado esperando la segunda ola, los veo acompañados de un grupo extraño a mis ojos que seguramente habría venido de improviso porque no me percaté de ellos. No les hice caso y coroné mi hazaña con tres olas increíbles que me llevaron a la orilla algo cansado.

Cuando voy, resulta que el famoso grupo reunido, se conformaba de cuatro lindas chicas de nuestra edad que estaban departiendo alegremente con mis compañeros medio quedados. Supe después que eran amigas de Paco, las que él había conocido el verano pasado. Ellas sorprendidas de mi presencia, más que todo por venir con mis cabellos enmarañados quedaron boquiabiertas. Yo solo atiné a decir un hola seco y desconfiado. Paco se dio cuenta y sonriendo tratando de arreglar la situación, me las presentó apurado diciendo sus nombres: Rita, Lupe, Ximena y Mariela. Yo tímido después de los besos del saludo, me quedé prendado de Mariela quien me llamó la atención por su sonrisa a flor de piel y sus ojos grandes. Felizmente, no se dio cuenta de la forma cómo me llamó la atención.

Su conversación se me hizo cálida. Era de hablar pausado pero de un contenido distinto. Yo era de variado hablar pero tomando en cuenta de con quien estaba, podía intercambiar maneras de pensar muy peculiares. Lo interesante también era que ellas no solo disfrutaban de la playa, sino también surfeaban tal igual que nosotros. No quizá en intensidad pero si disfrutaban mucho del oleaje y de las competencia que nosotros mismos organizábamos.

Pero mis compañeros nunca supieron nada de la atracción que tuve con Mariela. No quería quedar mal contándoles que me sentía un poco tímido en decirle cosas bonitas a ella pero yo pensaba que el tiempo que restaba era suficiente para ser feliz. Nunca dije nada, solo la miraba y mis palabras se trancaron para siempre.

El último día, porque ya en unas horas del día siguiente, comenzaría ya la escuela, nos despedimos todos entre risas y abrazos. Pero para mí siempre existió Mariela, el resto no me importaba. En el último atardecer de un sol rojizo y hermoso, triste, me acerqué a ella, cerré mis ojos y le di el beso más cálido y largo, acaso el último de aquél verano. Ella se tocó la mejilla, tomó mis manos y mirándome tiernamente a los ojos me dijo suavemente, adiós…

Creo que nunca me olvidaré de ese verano ni tampoco de sus ojos y su beso de despedida. Cuando llegué a casa me preguntaron si había comido, pero yo dije que no. Rápidamente subí a mi dormitorio, cansado del viaje, me tendí a lo ancho de la cama mirando perdidamente al vacío pensando en mis amigos y en Mariela…

Lágrimas rodaron por mis mejillas y simplemente, me quedé dormido……

Roque Puell López - Lavalle

Enlace: https://www.youtube.com/watch?v=wrwkyFtSinQ

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Presentación

  S aludos cordiales a todos. Es un placer para mí presentarles mi nuevo libro "Antes de mañana", Una antología de la vida...  edi...