“Nuevas
son cada mañana”, había
escuchado decir a mi madre en un día soleado y prometedor en el comienzo de la
semana. Ante mí se presentaban mis grandes desafíos, mis grandes logros o tal
vez iba a conquistar algo que personalmente no sabía pero la misma rutina de
siempre era necesaria y tenía que cumplirse.
Vivía en un barrio interesante, un lugar de
intelectuales e inmigrantes de todas partes del mundo. En la actualidad, está
muy visitada y considerada por el turismo porque muestra sus playas, las
avenidas, callecitas, parques y casonas, algunas del siglo XIX. Antaño se le
llamó “Ciudad Heroica”, como Barranco porque aquí se vivió el heroísmo de todos
sus habitantes en una guerra sangrienta frente a un invasor mejor preparado. Me
refiero al distrito de Miraflores.
Pero hablaba de mi diario vivir, si, otra vez vivía el
desayuno de siempre y mi madre ya me había llamado más de tres veces para que
baje porque que ya se había servido. ¿Es que no entienden que hoy es un día muy
importante para mí? Claro, disfrutaría por fin de mis vacaciones de fin de año
y como era muy popular, mi celular no dejaba de sonar. Así que al terminar de
hablar, bajé antes de que mi mamá suba con el correctivo pues mi padre no
estaba en esos momentos.
Tenía una hermanita menor que era muy hábil pues por
sus berrinches conseguía casi todo de mis padres. Yo era parecido a ella solo
que empleaba mis tácticas para otros fines más importantes según yo. Así que lo
mío, realmente era cuestión de tiempo.
Había pensado para estas vacaciones, irme a las playas
del sur. El verano era caluroso pero el mar era para nosotros. Con mis amigos
no parábamos de hacer planes, unos querían ir a la arena, otros las piedras,
otros el ir más cerca pero nadie ponía en duda nuestras motivaciones. Tuve que
convencer a mi mamá porque ella temía por mí al ser un niño inquieto pero ella
no podía encerrar a un espíritu libre como el mío y menos librarme de un
deporte que hacía ratos había acariciado incluso para competir.
Por fin, ya estoy listo para ir a la playa. En
realidad fue un viaje muy entretenido y alegre. Fuimos con mis tres amigos y
todas nuestras familias incluidas las ocurrencias de mi padre. Hasta el perro
Cucki que era de nosotros, se unió a nuestras aventuras. En fin, nuestra playa
fue la famosa Punta Rocas. Era de piedras amables y lisas, con una orilla
increíblemente limpia y un mar cristalino. Quedaba al sur de Lima y vaya que
tardamos en llegar. Lo bueno que teníamos casa muy amplia en la playa y todos
estábamos contentos porque al fin nuestros sueños, realmente se hacían
realidad. Mi madre nos acomodó, mi padre nos ayudó con nuestras tablas, mi
hermana menor llevaba su mochila llena de muñecas y se aseguró que nadie
pretendiera rebuscar sus cosas.
Hugo, Paco y Luis fueron conmigo, amigos fieles que
nunca olvidaré. Éramos compañeros inseparables de estudios y de travesuras. Por
rarezas del destino, a todos nos gustaba “correr tabla” o surfear, palabra
mágica en este deporte. Solo escuché alguna vez decir a mi padre la original
frase porque de seguro él vivió la experiencia de sus tiempos. Yo quería en el
fondo, emular a papá y no quería dejar de ir para demostrárselo haciendo
algunas acrobacias. ¿Qué imaginativo era verdad?
Mis amigos y yo éramos bien preparados porque siempre
hacíamos deporte, éramos espigados, delgados, de tal forma que siempre
gozábamos el devenir de las olas porque nos deslizábamos con un gozo
indescriptible. Era todo un reto que nos hacíamos en el mar, las competencias
entre nosotros no se hacían esperar, el placer de enfrentar al mar para
terminar en una serie de sortear las olas que venían hacía nosotros quienes
éramos cada vez más experimentados. Por eso el verano era tan importante para
nosotros, nos preparábamos inconscientemente sin saber a algunos campeonatos
que sabíamos parea más adelante pues la Federación organizaba estos eventos
cada verano. Era imprescindible entonces, entrenar mejor cada verano, cada
momento, día a día de nuestras vacaciones, esperando que nunca termine.
Después de tanto loquerío, ya extendidas nuestras
toallas en la arena después de poner la generosa resina a nuestras tablas yo
fui el primero ni corto ni perezoso en lanzarme a la aventura creyendo que los
demás me seguirían pero me di con la desilusión que estando ya en “alta mar” ninguno
me había seguido. Yo enojado esperando la segunda ola, los veo acompañados de
un grupo extraño a mis ojos que seguramente habría venido de improviso porque
no me percaté de ellos. No les hice caso y coroné mi hazaña con tres olas
increíbles que me llevaron a la orilla algo cansado.
Cuando voy, resulta que el famoso grupo reunido, se
conformaba de cuatro lindas chicas de nuestra edad que estaban departiendo
alegremente con mis compañeros medio quedados. Supe después que eran amigas de
Paco, las que él había conocido el verano pasado. Ellas sorprendidas de mi
presencia, más que todo por venir con mis cabellos enmarañados quedaron
boquiabiertas. Yo solo atiné a decir un hola seco y desconfiado. Paco se dio
cuenta y sonriendo tratando de arreglar la situación, me las presentó apurado
diciendo sus nombres: Rita, Lupe, Ximena y Mariela. Yo tímido después de los
besos del saludo, me quedé prendado de Mariela quien me llamó la atención por
su sonrisa a flor de piel y sus ojos grandes. Felizmente, no se dio cuenta de
la forma cómo me llamó la atención.
Su conversación se me hizo cálida. Era de hablar
pausado pero de un contenido distinto. Yo era de variado hablar pero tomando en
cuenta de con quien estaba, podía intercambiar maneras de pensar muy
peculiares. Lo interesante también era que ellas no solo disfrutaban de la
playa, sino también surfeaban tal igual que nosotros. No quizá en intensidad
pero si disfrutaban mucho del oleaje y de las competencia que nosotros mismos
organizábamos.
Pero mis compañeros nunca supieron nada de la
atracción que tuve con Mariela. No quería quedar mal contándoles que me sentía
un poco tímido en decirle cosas bonitas a ella pero yo pensaba que el tiempo
que restaba era suficiente para ser feliz. Nunca dije nada, solo la miraba y
mis palabras se trancaron para siempre.
El último día, porque ya en unas horas del día
siguiente, comenzaría ya la escuela, nos despedimos todos entre risas y
abrazos. Pero para mí siempre existió Mariela, el resto no me importaba. En el
último atardecer de un sol rojizo y hermoso, triste, me acerqué a ella, cerré
mis ojos y le di el beso más cálido y largo, acaso el último de aquél verano.
Ella se tocó la mejilla, tomó mis manos y mirándome tiernamente a los ojos me
dijo suavemente, adiós…
Creo que nunca me olvidaré de ese verano ni tampoco de sus ojos y su beso de despedida. Cuando llegué a casa me
preguntaron si había comido, pero yo dije que no. Rápidamente subí a mi
dormitorio, cansado del viaje, me tendí a lo ancho de la cama mirando perdidamente
al vacío pensando en mis amigos y en Mariela…
Lágrimas rodaron por mis mejillas y simplemente, me
quedé dormido……
Roque Puell López - Lavalle

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