Me contaba mi madre cuando niño, la historia de una
rosa blanca que había crecido en el jardín de nuestra casa hacía ya mucho tiempo. Y yo de curioso, la
escuchaba sonriendo y en su relato tan interesante, ella se emocionaba un tanto
y así solito aprendía, sin que nadie me dijera nada…
- Y ella ceremoniosa, comenzó la historia…
“Entre los caminitos
del jardín, se encontraban algunas flores de singular belleza pero todavía había otras en
botones coloridos. ¡¡Qué decir de las dalias que nos contemplaban con su rostro
tan feliz!! ¿¿Y qué hablar del pensamiento, el de los tallos verduzcos y lozanos??
¿¿Acaso no cantaba alegre el jilguero?? Pero encontré entre las vallas, una flor
escondida. Era una rosa blanca marchita y solitaria. ¡Pobrecilla! Entonces, la
recogí y le prodigué mi amor, mis cuidados y mi sencilla conciencia para
prodigarle nuevas oportunidades y una nueva vida. Con el tiempo,
creció fuerte y vigorosa, de todas las demás, se trasformó en la más hermosa.
Los corazones de la gente se alegraban cuando aquella vez la convertí en mi
favorita, los elogios que recibía se volvieron canciones en la mente de propios y extraños. De esta manera, parecía que mis sueños se hacían realidad”.
- Pero mamá, ¿Y no se hizo presente en ella, el
orgullo?
“Yo lo presentía hijo
pero si, estuvo allí y también se olvidó la flor de que era simplemente una
rosa. El color para ella era lo de menos porque de pronto se le cegó el
entendimiento. Se le esfumaron los cuidados que le di y la imagen de cómo
llegó. Así pues, crecieron entre nosotras las desazones y las falsas
acusatorias. ¡¡Floreció el infortunio!!”
- Preocupado, le pregunté finalmente: ¿Sería que era
el final del camino?
“Si hijo porque cuando
quise de nuevo podar sus dolores y sus defectos, mis dedos, mi ser y mi palma
generosa, empezaron a sangrar por las heridas recibidas. La rosa blanca
entonces sufrió un desvarío a todas luces aprendido, pero un halo de misterio y las dudas subieron entonces alrededor de mi ser. Entonces, ella expiró bruscamente sin decir una palabra en ese momento…”.
- Pero madre, le interrumpí…
“Yo sorprendida me
preguntaba: ¿Por qué razón se habría ido la luz de mis fantasías? ¿Por qué ella
tuvo que terminar de esa manera? Sin embargo, no me di cuenta hasta el final,
que era una rosa blanca como todas, bellas por fuera pero indiferentes por
dentro. Y por más que yo hiciera, por más atenciones que yo le diera, sus
cardos y sus espinas, estuvieron escondidas para mí, mucho tiempo después...”.
- Y yo al escucharla, me puse a pensar y no quise preguntarle más…
Roque Puell López - Lavalle

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