domingo, 16 de mayo de 2021

Bells


La amistad entre un niño y un perro suele ser muy peculiar. Grandes encuentros, muchas anécdotas y un sin número de emociones. Recuerdo a Bells mi perro adoptado, un Setter irlandés negro, peludo, cuyos dueños, unos españoles de la panadería al frente de mi casa, lo criaban desde pequeño y era mi amigo a todo dar. Todos los días cuando venía del colegio a eso de las cinco de la tarde, allí estaba esperándome fiel a la hora, sentado y orgulloso como un empleado del Estado…

Yo le gritaba entonces, ¡Bells! ¡Bells! ¡Bells! Él, apenas me veía, corría a la velocidad del rayo meneando fuertemente su cola y ladrando como podía, luego me tumbaba con sus patas delanteras y jadeando me prodigaba sus lamidos hasta que yo lo abrazaba dándole mi inmenso cariño. Lo llevaba después a mi casa y le daba de comer. Mi mamá no llegaba del trabajo hasta más tarde así que le daba mi almuerzo, era la ración del momento para luego jugar incansables con una pelota vieja. Cuando se marchaba, y lo hacía puntualmente, recién me ponía a hacer mis tareas del colegio. ¡Increíble!

Pero sucedió que una vez le dio la enfermedad temible de los perros, el famoso “Distemper”. Recuerdo que cuatro grandes limones colgaban de su cuello. Yo pensé que moriría pero él infaltable, nunca dejaba de estar conmigo todos los días después del colegio con su curioso “collar” amarillo.

Sin embargo, un día tuve que mudarme de casa y era como las despedidas de los barcos. Mi adiós no parecía terminar pero tenía que partir a un nuevo barrio. Con mucho pesar, abracé a mi perrito. Era fin de año, el colegio terminaba y la mudanza a mi nueva casa tenía prisa. Me fui con el recuerdo de nuestras aventuras, estaba triste porque era mi único amigo, fiel y callejero. Lo extrañé mucho pero ni modo, otras experiencias me esperarían…

Por algunas razones que no recuerdo, mi mamá tenía pensado regresar a la casa pues tenía que hablar con mi tío muy cerca del parque y de la panadería donde vivíamos antes. Solamente habían pasado tres meses así que insistí para ir allá y saber de mi adorado animal. Llegamos y fuimos a la panadería. Yo emocionado, bebía a sorbos la “Ñusta”, famosa gaseosa de mi niñez. Preguntando por mi amigo, la hija de la dueña nos contó que Bells había muerto. Un microbús lo atropelló dejando de existir instantáneamente.

Se me cayó el mundo, la garganta se me hizo un nudo e hice denodados esfuerzos para no llorar aunque mis ojos vidriosos me delataban. Tenía apenas catorce años recién cumplidos y mi mamá se apenó un tanto también con el relato, no pensamos que en tan corto tiempo podía haberle sucedido esta desgracia a mi perro. Menos yo por supuesto.

Pasaron muchos años de aquél entonces y cuando hace algunos meses pasé por allí, me di cuenta que ya no existía la famosa panadería. El parque adyacente estaba muy lindo; lleno de flores, todo muy cambiado y me acordé de Bells. Pero miré también la esquina donde bajaba del bus del colegio, vi mi can imaginario corriendo y recibiéndome todo atolondrado. De alguna manera sentí que mis emociones encontradas entre alegrías y tristezas, volvieron nuevamente a mí mirándome de esa edad. No lo podía creer en ese momento y solamente me dieron ganas de llorar…

En fin, dicen que el perro es el mejor amigo del hombre y de un niño que ya creció, pero que no dejó de recordarlo en un tiempo en que los dos se querían mucho y que el juego diario de los dos inocentes, si los unió para siempre…

 Roque Puell López - Lavalle

Enlace: https://www.youtube.com/watch?v=wrTwPKdVwaY

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